Deontología del Abogado

Deontología del Abogado – Ética Profesional del Abogado

El vocablo criticable alude a aquello que es opinable, solo que ostenta cierta prosapia o linaje filosófico que no puede -aunque se quiera- ocultar su filiación clásica, ya que lo que se critica, lo eminentemente criticable, es la opinión (entre los antiguos griegos, doxa). Por crítica, desde luego, no entendemos una teoría, como la marxista académica o como la que profesa la Escuela de Frankfurt, pero tampoco -y menos que menos- un sistema en términos pre o neo kantianos. Al hablar de crítica, más bien mentamos una actitud filosófica y un compromiso integrador de la vida humana con la realidad. Esta perspectiva, desde luego, no es nueva -es premoderna-, y no lo es porque se resiste a ocultar el antiguo legado del cual es depositaria, a tenor del cual podríamos llamarla, sin tapujos, crítica realista.-

En Platón se oponen dos tipos de conocimiento, es decir, las dos actividades del intelecto cuyas íntimas naturalezas reposan, respectivamente, en el amor a la sabiduría (filosofía) y en el amor a la opinión (filodoxia). El primero constituye un compromiso, una actividad que entraña una relación sustantiva entre la búsqueda del conocimiento y el conocimiento mismo, en el tránsito de una realidad sólo aparente hasta la más real de las realidades: la idea del Bien. De allí que la sabiduría ya en posesión se torna ciencia (epísteme), al menos en la hipótesis de llegar al establecimiento de la verdad sobre algo, ya se aplique a las cosas, ya al intelecto mismo en tanto conocimiento contemplativo (dialéctica). Este linaje superior de la ciencia (trátese del conocimiento aplicado como del contemplativo) está dado por el carácter de su adquisición; está cualificada por su obtención a través de la búsqueda incondicionada que importa el bíosfilosófico.-

Ello no significa un desprecio, sin más, de la opinión. El gran mérito de Platón es haber introducido por la puerta de adelante el terreno farragoso de la opinión, al trazar un camino epistemológico que empieza por las realidades más oscuras y difícilmente discernibles de la naturaleza -y en particular, de la naturaleza humana- hasta la prístina y suprema realidad de las ideas. En ese derrotero, las realidades conjeturales dan paso a lo opinable, esto es, aquellas realidades acerca de las cuales solo podemos emitir opiniones. Me interesa poner acento en este punto, porque en este segmento de la línea se halla el intrincado y confuso mundo social.-

En el afán de llegar a la captación de las realidades de que se ocupa, el estudioso de la sociedad campea entre opiniones que a menudo da por ciertas -él o el círculo académico al que pertenece- o devienen respetables en el contexto cultural donde se difunden, estudian o veneran. Pero mientras que las ciencias llamadas “duras” pueden exhibir menor perplejidad epistemológica en cuanto a la complexión del material dado al instrumental del científico, en las ciencias sociales la cuestión se vuelve tanto más compleja por la inadecuación del instrumental como por las dificultades que presenta el material que tiene entre manos el investigador. No hace falta decir que una cosa se deriva de la otra.-

A menudo, es posible trazar un paralelo entre el filodoxo y el científico social, a caballo de lo que corrientemente se ha dado por denominar “reduccionismo” y que Norberto Bobbio se encarga muy bien de poner en tela de juicio (Bobbio, N., Teoría General del Derecho, Editorial Debate, Madrid,  1991). Para ser precisos, hay que decir que no sólo los reduccionismos pecan de filodoxia cuando se fijan sólo en una ladera de la montaña para proclamar a continuación su conocimiento de toda la montaña. Esta reducción del paisaje a detalles o aspectos más o menos entrelazados es precisamente lo que hace Bobbio cuando compone su línea de problemas filosóficos cuya incumbencia atribuye a la tarea filosófica en el campo del derecho.-

Bobbio parte de la pregunta que inaugura la tradición moderna: ¿qué cosa es el derecho? Pues si el derecho es algo específico, deberá -en tanto disciplina, saber, en términos de lo que se entiende por “ciencia”- poseer un objeto. Más para arribar al objeto, es preciso definir el orden de problemas en relación al mismo, habiendo dado por sentado que el derecho no es sino -desde que el mundo es mundo- asunto de ciertas conductas en relación con ciertas normas. No voy a entrar ahora a ocuparme de qué es esto de “asunto de conductas y normas” y de las connotaciones o problemas que ello suscita. Decir, de todos modos, que el derecho es asunto de normas y de ciertas normas, de conductas y de ciertas conductas, no es de momento algo tan distinto como lo que la gente común entiende cuando expresa el juicio: “existen leyes, deben ser respetadas”.-

Más qué es en esencia una ley o una norma jurídica, esto es, qué es derecho, porqué debe respetarse o cual es su fuente de poder normativo, y si puede haber derecho injusto, etc., genera indudablemente un conjunto de problemas teóricos y prácticos a tener presente. Generalmente, la filosofía del derecho se ha ocupado a lo largo de un extenso derrotero -con distintas etiquetas- a desentrañarlos. Un recorrido genealógico es complejo y debe dar cuenta de la adecuación de los problemas a los distintos contextos. No hacerlo trae malentendidos, indudablemente.-

El primero de los aspectos criticables de la concepción filosófica de Bobbio (criticable en la inteligencia de lo que entendemos por crítica, es decir, como crítica realista), es precisamente su posición acerca de cuáles son los problemas de la filosofía jurídica. Para el referido autor, es preciso desagregar tres planos en la determinación de los asuntos filosófico-jurídicos: el deontológico, el ontológico y el fenomenológico. El problema deontológico es -para Bobbio- la justicia. Pero eso es mirar nada más que un aspecto del problema deontológico, es mirar con un solo ojo el contexto real de todo derecho, desde el más rudimentario hasta el más sofisticado. Es cierto que Platón (tomemos, a manera de ejemplo, su clásica concepción de la justicia) se dedica en La República a decirnos lo que no es la justicia y lo que no es lo justo -la injusticia y lo injusto-, para luego diagramar dialógicamente la ciudad ideal conforme la distribución de funciones que postula de acuerdo a las capacidades inherentes a las partes integrantes de la misma, para decirnos finalmente que la justicia consiste en un hacer cada parte lo que le corresponde; es más: el Libro I de la República, principia el diálogo con la pregunta sobre el ser de la justicia y de lo justo.-

Occidente ha heredado esta contribución platónica de la justicia y podemos decir que el gran tema clásico en orden a la vida civil es el problema de la justicia, proyectado en el escenario de la definición de Platón. No hay dudas. Pero en la opinión que suscribe, Bobbio mira la cuestión, repito, con un solo ojo. En efecto: Platón, cuando examina el problema de la justicia, advierte de inmediato que no hay posibilidad de justicia si no existe previamente un orden funcional que organice las actividades de los individuos de manera que asegure la autoconservación de los mismos, o mejor dicho, la conservación de la ciudad.-

Este orden preexistente garantiza, ante todo, la paz. La paz es la condición de la justicia, es la plataforma que hace posible la justicia como ideal supremo del derecho. Pero veamos cual es la realidad, a menudo, de los tribunales: un inocente es condenado; supongamos que no se trata simplemente de que no haya pruebas suficientes, que la cuestión es opinable, etc.; tomemos en cuenta el extremo imaginable: no hay una sola prueba de cargo que avale la acusación. Y sin embargo, no obstante, el pobre hombre es condenado. No hay dudas de que el derecho -el sistema de justicia- ha garantizado la paz; pero también no hay dudas que no se ha hecho justicia. ¿Tal sentencia no es derecho? Responder negativamente es pueril, infantil. Cualquiera sabe que los fallos judiciales no son, la mayoría de las veces, la expresión de juicios justos. Mas la confusión y la perplejidad surgen del error consistente en atender a sólo una parte de la realidad.-

El derecho, en el plano ético, se mueve entre la polaridad paz-justicia. Ello permite explicar un fenómeno que había sido entrevisto por Platón en el contexto del debate antropológico con la sofística: la problemática del derecho del más fuerte. Corresponde a Joaquín E. Meabe el mérito de haber recuperado esta temática para la reflexión filosófica. Puede hablarse de derecho arbitral cuando una decisión con arreglo a estándares fijos permite la composición de un conflicto entre partes efectivamente colocadas en posición de igualdad (en el caso del derecho criminal, cuando el Estado califica el acto efectivamente probado y no el sujeto para pronunciarse sobre el ilegalismo que se le endilga). Hablamos de derecho contrarbitral cuando la solución del conflicto se produce a través de la pautación de un criterio que privilegia la posición de la parte más fuerte, sea el Estado o un particular colectivo o individual. La paz puede lograrse por ambos medios, pero es imposible o desmedido concebir una justicia absoluta o una injusticia absoluta; la primera porque es impensable, salvo en una sociedad perfecta (que no requeriría, a cierto plazo, de reglas); y la segunda porque enerva la posibilidad misma del orden social, al implicar la primacía sobre-extendida del bellum omnes contra omnia. Lo que se quiere decir con esto es que es posible una sociedad relativamente injusta que viva en paz o, en otras palabras, un orden social que puede prescindir relativamente de la justicia. Estas consideraciones también pueden sugerir la idea de que el derecho es uno de los medios -pero no el único- a través de los cuales puede realizarse la justicia. Pero también entrañan una idea más profunda: el derecho no es sólo derecho estatal; y más aún: el derecho, en cuanto derecho estatal, no es sino la expresión de una moral de base, de una moral del deber, en los términos del profesor Lon Fuller (ver al respecto La moralidad del derecho, ed. Trillas, México DF, 1967).-

La justicia excede al derecho; en realidad, el derecho es uno de los problemas de la justicia. Los que atribuyen al derecho una misión providencial, allende a la de empresa destinada a la conservación de ciertos estándares relativamente obvios de la vida social, idealizan lo jurídico, aunque sean “políticamente correctos” en sus opiniones. El profesor Bobbio debería haberse dado cuenta. Pero, al margen de ello, ¿no será hora de afrontar el desafío trazado por Platón y que hoy encuentra en algunos autores -entre nosotros Joaquín E. Meabe- la temática pendiente de la filosofía práctica? ¿No será hora de plantearse muy seriamente, en términos cabalmente teóricos, los problemas de la injusticia y del derecho del más fuerte?